Recuerdo cómo se me erizó la piel, cómo asomaron las lágrimas. Rememoro lo vivido durante las “Miniferias de la Ciencia e Innovación en Canarias 2021”. Reflexiono, escribo el informe oficial que recoge las sesiones realizadas, los objetivos alcanzados, los datos, lo teóricamente cuantificable. Pero lo mejor de este trabajo mío es etéreo, intangible.

Durante 4 días realicé 12 talleres on line para 534 personitas con edades entre los 8 y los 16 años. ¿De qué? “La ciencia de la palabra. Storytelling para una economía creativa”. Imaginábamos en qué queríamos trabajar y creábamos una historia para lograrlo.

Cada sesión resultó diferente, no hubo dos iguales. Pasó de todo. La comunicación con una o varias aulas a la vez a través de la pantalla, plantea retos humanos y técnicos que todos estamos aprendiendo. Se abren puertas interesantes, nos encontramos ante una nueva situación educativa que plantea innovadoras posiblidades, pero no todo vale. Cuidar los detalles y la humanidad es tan importante como en la presencialidad. Y no siempre las cosas salen como deseamos.

Gestionar la frustración, aceptar los vaivenes, saber que no siempre va a ir bien, es un ejercicio imprescindible para no perder la motivación y darlo todo desde la soledad de tu casa. Con cada sesión aprendes, mejoras, afinas. Vas logrando objetivos, percibes que al menos para un puñado de esos cientos de niños, niñas y jóvenes, el taller resulta útil y constructivo. Y a veces, sucede la magia. A veces, cuando menos te lo esperas, el trabajo se convierte en un regalo.

El último de los 12 talleres empezó fatal. Era solo un grupo pero no les funcionaba la cámara. Yo no podía verles, no tenía modo de saber qué pasaba en el aula. Además, si dejaba su micro abierto, me escuchaba con un eco insoportable. El tiempo volaba, había que tomar acción. Me lancé al vacío, a hablar a ciegas, pidiendo interacción en estas ciscunstancias, a aquel grupo de 4º de la ESO, edad que puede ser muy poco participativa, sobre todo en un primer encuentro.

Sucedió lo inesperado. Las voces de tres jóvenes respondieron a mi primera pregunta, también a la segunda. Con la tercera se convirtieron en los portavoces del aula, en los participantes con los que realizar la parte práctica de principio a fin. Tenían mucho que decir. Fueron sinceros, contaron su sueño, hablaron de sí mismos. Llegaron a montar su “storytelling”. Sus compañeros les aplaudieron, a cada uno, jaleándolos. Y al despedirnos, al agradecerles su participación, llegó su contrapunto: “Gracias a ti”, “Gracias por dejarnos expresar lo que somos”, “Este taller nos ha servido mucho”, “Hemos aprendido, gracias”.

Recuerdo cómo se me erizó la piel, cómo asomaron las lágrimas. Sentí que la vida me hacía un enorme regalo al cerrar así la semana. Supe que a pesar de los talleres hechos a medias por problemas técnicos, a pesar de los docentes menos implicados, a pesar del despiste de una parte del alumando y el desinterés de otra, a pesar de las dificultades, la aventura había merecido la pena. Algunas semillas se diseminaron en esos corazones y en cada uno germinarán a su modo, o se secarán, es imposible llegar a todos. Pero estoy segura de que al menos en esos tres jóvenes y en algunos más, la semilla ya es brote en pleno crecimiento.

Agradezco a la asociación TRIB-ARTE y al Instituto Tecnológico de Canarias su confianza en mi trabajo ofreciéndome esta oportunidad. Gracias. Quiero repetir.

 

Las Miniferias de la Ciencia y la Innovación en Canarias están promovidas por la Consejería de Economía, Conocimiento y Empleo del Gobierno de Canarias a través de la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información (ACIISI).